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El próximo viernes 7 de marzo se cumplen quince años desde la muerte del realizador Stanley Kubrick. A todo el que haya visto aunque sea una de sus películas, la sola mención de su indeleble apellido le evoca una serie de emociones contradictorias, agridulces y hasta procelosas (curioso: él que siempre fue acusado de frío y cerebral). Es lo que tiene ponerse delante de la verdadera Grandeza, a menudo confundida con desmesura y megalomanía. Lo mismo ocurre con Welles, Griffith, quizá Lean y paramos de contar.

Kubrick, el pesimista y misántropo incurable, el ajedrecista que siempre nos ganó la partida a sus espectadores, y el cabezota que se llevó a la tumba el secreto del monolito de 2001. Hasta los que le detestan coinciden con los que le adoramos en que no hubo otro como él ni lo habrá.

La filmografía del genio es pura Historia Sagrada, y repasarla, redundar en el tópico, pero en este aniversario se me permitirá, más si menciono y enlazo sus primeras obras, desconocidas para la mayoría.

Kubrick_Barry_Lyndon

Kubrick comienza a ensayar su arte cinematográfico con tres documentales de relativo interés: Day of the fight (1951), Flying Padre (1951) y The Seafarers (1953). De estos tres, el más digno de mención es el primero, puesto que supone un intento de suspense y contiene algunos encuadres superlativos. Algo así como un ensayo general, puesto que también se desarrolla en el mundo pugilístico, para El beso del asesino. Los otros dos, algo enfáticos y muy convencionales; de hecho, The Seafarers fue producido por el Sindicato Internacional de Marinos y estuvo perdido durante 40 años.

Fear and Desire (1953) supone el debut del neoyorquino en la ficción, un mediometraje bélico casi abstracto con un gran estudio psicológico de los personajes y que denota lo bien que su hacedor se tenía aprendido el montaje de la escuela soviética.

AtracoPerfecto

El primer largometraje del cineasta es el ya mencionado El beso del asesino (1955), a menudo calificado como bisoño y menor, cuando hay que verlo como una apasionante serie B con los chispazos de talento de alguien destinado a empresas más grandes. Lo sigo prefiriendo a otros filmes del director. Atraco perfecto (1956) fue en su momento un fracaso de crítica y de público, pero todos sabemos que ambos se equivocan casi siempre. Incluso Godard menospreció la cinta desde su poltrona del Cahiers. Para el que suscribe, The killing, por su esmerado y minucioso fatalismo, hasta por su misoginia y desde luego por su exactitud narrativa, es la película más perfecta que se ha hecho sobre atracos imperfectos.

No obstante, la aclamación unánime llegó con Senderos de gloria (1957) y no es para menos: tan implacable como imperecedera, todos deberíamos oír, más en estos tiempos de nacionalismos y separatismos cerriles, aquello de que “el patriotismo es el último refugio de los cobardes”, y seguro que el final no deja un ojo seco de los que tachan a Kubrick de fabulador nada emotivo.

SueLyon

Tras verse apartado del proyecto de El rostro impenetrable, el director sustituye a Anthony Mann en el rodaje de Espartaco (1960), a la que deja bastante de su impronta, aunque en algún momento tengamos la impresión de que el filme se le va de las manos, como le sucedió a Mankiewicz con Cleopatra. A partir de este momento, comienza la Edad de Oro en el cine del maestro: la prodigiosa Lolita (1962) posee mucho menos romanticismo y mucho más sarcasmo que su modelo literario, aparte de la escena de las uñas de los pies que fue sacada directamente de Perversidad. Aún mejor resulta Teléfono rojo: ¿volamos hacia Moscú? (1964), sátira de la Guerra Fría y la escalada armamentística de las dos grandes potencias en la era nuclear que se encuentra un paso más allá del humor negro. También se celebra este año su aniversario: 50 años y aún no ha sido superada, como tampoco la triple interpretación de Peter Sellers. Por desgracia, la única incursión de Kubrick en la comedia.

Strangelove2

2001 (1968), la más mastodóntica y célebre de las obras de su autor, ha provocado océanos de tinta y resultaría baladí añadir nada, salvo quizá que no ha envejecido demasiado bien: en este aburrido y mísero nuevo milenio, no hay ordenadores inteligentes, ni carrera espacial, y las drogas psicotrópicas que inspiraron su último tramo, tan en boga en aquellos tiempos, hoy resultan perseguidas y tabúes.

La naranja mecánica (1971), al contrario, resultó adivinatoria, aunque su fastuosa imaginería retrofuturista pertenezca tanto a su tiempo. Que nadie olvide, sin embargo, que se trataba de la primera vez en la Historia del Cine en que la explicitud de los contenidos y el barroquismo estético se daban la mano tan fuertemente con los interrogantes sin respuesta acerca de la naturaleza humana y la pugna entre civilización y barbarie.

NaranjaMecanica

Todos los kubrickianos tienen sus filmes favoritos y otros que no los son tanto, o que no lo son en absoluto. A mí me ocurre con la gélida, academicista e interminable Barry Lyndon (1975) y con El resplandor (1980), y es que nadie menos apropiado que el maestro para dirigir una cinta de este género. Coincido con Stephen King, autor del best-seller en que se basa el filme, que este se puede comparar con un automóvil de bonito chasis pero sin motor. Puede que por decir lo siguiente me lleve más de una colleja virtual, pero la historia de Jack Torrance y su familia debió haberla puesto en imágenes John Carpenter, o tal vez Wes Craven.

La chaqueta metálica (1987) fue mucho peor acogida, sobre todo porque coincidió con un sinfín de películas sobre el mismo tema como Platoon, La colina de la hamburguesa o Corazones de hierro, casi todas más célebres y mejor valoradas, pero ninguna superior. Aparte de su visión de la instrucción militar, ¿quién sino Kubrick puede hacernos creer que una francotiradora vietnamita puede diezmar a todo un pelotón del ejército estadounidense? Nadie supo ver aquí la genialidad del cineasta.

KidmanEyesWideShout

Y, por último, Eyes wide shout (1999), un absorbente largometraje relleno de huecos de puro Cine: los largos y elegantes travellings, las elipsis, la perfeccionista dirección de actores… En su última baza, Kubrick volvió a jugar al desconcierto, pero también a la seducción. Con todo, más que un testamento cinematográfico, supone un final dolorosamente abrupto.

En fin, demasiados años para tan pocas películas. Por el camino, muchos proyectos frustrados, pero también muchas de las imágenes del celuloide de nuestras vidas: las gafas en forma de corazón de Sue Lyon; el saludo nazi del Dr. Strangelove; el Moloko Vellocet; el ojo bermellón de Hal 9000; las máscaras de payaso en el atraco a un hipódromo; un nudo en la garganta. Kubrick sigue tan en boga y es tan parte de nosotros que casi no nos podemos creer que se haya ido hace tres lustros, pero me temo que así es.

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