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Lo primero de todo, se podría decir que 2011 nos ha dejado bastantes buenas películas, pero ninguna grande. Lo segundo, quizá lo más llamativo de este año sea que, mientras algunos intentan empujar el cine para adelante a marchas forzadas con el 3D, el motion-capture y demás mandangas (Las aventuras de Tintín), de pronto barra en taquilla una película… ¡¡¡muda!!!

The artist debería suponer una cura de humidad para los apólogos de los efectos especiales y la tecnología, pero, al fin y al cabo, viene ella sola y, por otra parte, el grueso de la tropa no sigue anclado en los veinte, sino en el “jacuzzi al pasado” de los 80. Lo demuestran por un lado las de ciencia-ficción como Paul o las sobrevaloradísimas Súper 8 y Attack the Block, y, por otro lado, el policíaco que intenta emular al Friedkin de entonces o quizá cualquier episodio de Corrupción en Miami: Drive. Se trata de la película más ridículamente sobrevalorada del año, tanto que cuando me puse ante ella esperaba algo como Repo man pero el doble de espectacular y tortuoso, y cuando vi de qué se trataba, se me quedó el mismo careto que a Ryan Gosling durante todo el metraje.

Otros filmes sobrevalorados hasta la extenuación: Melancolía, de Lars Von Trier, sopor en dos partes igualmente ridículas, o cómo el apocalipsis te puede pillar cabeceando si lo cuenta el danés. Un método peligroso, filme impropiamente academicista del otrora rompedor David Cronemberg donde solo destaca un Keira Knightley para nota u Óscar. Un dios salvaje, o el teatro filmado de Polanski al que elevan de categoría los actores. Contagio, la pandemia demagógica de Soderbergh. 127 horas, el efectismo modernillo de Danny Boyle que al final acaba amputado. Pero, sobre todo, Midnight in Paris, esa versión pedante de Regreso al futuro con la que Woody Allen supuestamente ha vuelto al “candelabro”, pero que contiene alguno de los peores momentos que he visto en una pantalla en este 2011, como Adrien Brody emulando a Dalí. El resto de peores momentos, creo que pertenecen a Piratas del Caribe 4.

Pero, sin más dilación, aquí va mi top 10 con los mejores estrenos de 2011:

  1. Cisne negro.
  2. Otra tierra.
  3. Río.
  4. El último verano.
  5. Le havre.
  6. The artist.
  7. El demonio bajo la piel.
  8. La muerte de Robert Mitchum.
  9. La boda de mi mejor amiga.
  10. El inocente.

Empezando por abajo, nadie le concedió, ni lo hará ahora, el pan y la sal a ese thriller judicial, tenso, emocionante y filmado con una precisión que pasmaba. La boda de mi mejor amiga supone lo mejor y más taquillero que ha creado la factoría Apatow, abriéndole nuevos caminos a la comedia romántica y consiguiendo las carcajadas más auténticas de este año. Claro que Kaurismäki sigue siendo él mismo a pesar de que se ponga bonachón (Le Havre) pero le han salido unos émulos franceses que también lo son de Jim Jarmusch y que consiguen un debut cinéfilo inmejorable (La muerte de Robert Mitchum). En cuanto a Winterbottom, nos puso los pelos de punta con su noir salvaje, feroz y ultraviolento (El demonio bajo la piel). Después, la ya mencionada ocurrencia de The artist, brllillante aunque quizá algo superficial. Un viejo maestro de la Nouvelle Vague nos otorga una película que supone mucho mejor homenaje a Tati que su guión filmado El ilusionista: Jaqcues Rivette y El último verano. Río, pieza de orfebrería de la animación 3D de ritmo vertiginoso y visión obligada en versión original. Otra tierra, fascinante indie americano de esa ciencia ficción filosófica y sin efectos especiales. Y, por último… ¿qué más se puede decir a estas alturas de Cisne negro? Terror/suspense posmoderno de factura impecable que habría aplaudido el mismísimo Hitchcock.

A raíz de esta última, todo el mundo señala a Natalie Portman como la mejor intérprete femenina del año. Yo me quedo antes con Keira Knightley (no solo Un método peligroso, sino también Nunca me abandones y London Boulevard) y con la maravillosa revelación de Elle Fanning, resplandeciente incluso en Súper 8 y Un lugar para soñar, y desde luego en la muy superior Somwhere, de Sofia Coppola.

En cuanto a ellos, destaco al Paul Giamatti de Win win ganamos todos y, muy especialmente, al Joaquin Phoneix de I’m still here, aquel iconoclasta falso documental cuyas consecuencias aún paga su protagonista.

Lo demás, lo dejamos para la segunda parte.